|
CONFERENCIA
UNA
IGLESIA EN CRISIS
Aspectos
paulinos
I:
Fase inicial de la Iglesia, 1: Crisis actual
La palabra crisis, según el Diccionario de la Real
Academia Española, tiene varias acepciones: “Momento en que se
produce un cambio muy marcado en algo”; también “situación
momentáneamente mala o difícil de una persona, una empresa, un
asunto.” Esta acepción es aplicable a la Iglesia de nuestro
tiempo. Sin embargo, me atrevo a decir que la Iglesia siempre tendrá
crisis. Y eso es así porque, aunque la Iglesia es santa en sí
misma, al recibir en su seno también a los pecadores, está
necesitada de purificación constante (cfr. Lumen
gentium, nº 8). Además, esas épocas de crisis y dificultades
fueron anunciadas varias veces por Jesús. En efecto, en el Sermón
de la primera misión (Mt 10, 5-43) dice el Señor que los envía
como ovejas en medio de lobos, les dice que serán perseguidos,
azotados, juzgados. En Jn 15, 18-21 el Señor les advierte que serán
aborrecidos y perseguidos como la ha sido él.
En
nuestra exposición nos fijaremos primero en la fase inicial de la
Iglesia, hasta llegar a la conversión de Saulo, luego recorreremos
las rutas paulinas y, finalmente, volveremos a Jerusalén desde
donde se iniciará el cuarto viaje. A través de nuestra exposición
señalaremos los momentos de crisis en tiempos del Apóstol y la
forma de intentar superarlas.
La
palabra crisis ha cobrado un protagonismo indiscutible, a pesar de
los esfuerzos, en algunos sectores de la vida pública, por
ocultarla, o minimizarla. En cuanto a la vida de la Iglesia ha
ocurrido en ocasiones lo contrario, se ha exagerado la crisis hasta
extremos apocalípticos. Cuando el Papa Benedicto XVI inauguró el Sínodo
sobre la Palabra de Dios, señaló las claves que estimaba
necesarias para su desarrollo y su comprensión. Como punto de
partida dice: “Naciones que en otro tiempo eran ricas en fe y en
vocaciones, ahora están perdiendo su identidad, bajo el influjo
deletéreo y destructor de una cierta cultura moderna”. Hay
quienes se empeñan en declarar la muerte de Dios, sin querer
aceptar que así “el hombre se encuentra más solo y la sociedad más
dividida y confusa”.
No
obstante, sigue diciendo, siempre habrá gente dispuesta a
permanecer fieles y a recibir el don de la fe. El mensaje de la
Biblia es consolador pues asegura que “el mal y la muerte no
tienen la última palabra, sino que, al final, vence Cristo. ¡Siempre!”.
Por otro lado, añade el Papa, “sólo la Palabra de Dios puede
cambiar en profundidad el corazón del hombre”. Por ello, “es
imprescindible que la Iglesia conozca y viva lo que anuncia, para
que su predicación sea creíble, a pesar de las debilidades y las
pobrezas de los hombres que la componen”. Dentro de esas
indicaciones se sitúan estas conferencias, enmarcadas en torno a la
figura de Pablo de Tarso, cuyo año estamos celebrando.
I, 2 : Crisis en la Iglesia primitiva
Comenzamos por el tema de las crisis que la Iglesia tuvo en
los tiempos de San Pablo. Nos remontamos, por tanto a los primeros
cristianos. Es cierto que aquellos días se vivieron con una
especial fidelidad al Evangelio. Lo que se explica si tenemos en
cuenta que entonces se delineaban las directrices primordiales de la
Iglesia, cuya conducta arranca de Cristo y su Evangelio, vivido de
cerca por los Doce apóstoles y por lo primeros discípulos. Por lo
cual esa época es paradigmática para todas las reformas, y a ella
se recurre cuando se trata de buscar una mayor fidelidad a la
voluntad fundacional de Jesucristo. Así lo vemos, por ejemplo, en
la primera encíclica de Benedicto XVI, n. 20. Cita Hch 2, 44-45 que
es una instantánea sobre cómo vivían los primeros cristianos.
“Lucas nos relaciona esto- dice el Papa-, con una especie de
definición de la Iglesia, entre cuyos elementos enumera la adhesión
a la “enseñanza de los Apóstoles”, a la “comunión” (koinonía),
a la “fracción del pan” y a la “oración” (cfr. Hch 2,
42)”. Es la primera referencia que tenemos de la celebración de
la Eucaristía en la Iglesia. Un poco más adelante nos dice San
Lucas que todos los días “partían el pan en las casas y comían
juntos con alegría y sencillez de corazón. Alabando a Dios...”.
Como vemos se habla de ello como uno de los elementos integrantes de
la vida de la Iglesia. Más adelante, en Hch 20, 7-12 volverá a
narrar una celebración litúrgica, relacionada con la Eucaristía.
De momento al recorrer el libro de los Hechos de los apóstoles,
antes de que Pablo aparezca en escena, vemos como la Iglesia crecía
con rapidez y a los primeros ciento veinte que se refugiaron en el
Cenáculo (Hch 1, 15), se sumaron tres mil con el discurso de
Pentecostés (Hch 2, 41), y luego otros cinco mil tras la curación
del tullido de la puerta Hermosa del templo. Ante la admiración de
la gente, Pedro aclara que la curación se debe al poder de Jesús a
quien ellos crucificaron. Dios lo ha resucitado y nosotros somos
testigos. Muchos se arrepienten y se bautizan.
No obstante,
las dificultades aparecieron pronto la causa principal fue la misma
que llevó a Jesús a la muerte, es decir, la celotipia de los
poderosos de entonces. En efecto, el sumo sacerdote y todos los
suyos de la secta de los saduceos, “llenos de envidia” los
prenden para presentarlos ante el Sanedrín. Les interrogan, les
amenazan, pero Pedro habla con claridad y valentía (con “parresía”
dice el original, traducido otras veces por libertad, o audacia,
independencia del qué dirán, etc. Es, por tanto, un concepto que
se repite por ser fundamental en la predicación). Por miedo al
pueblo los sanedritas se limitan a amenazarle y los dejan marchar.
Ellos se juntan con los discípulos. Todos reunidos oran, reconocen
que el Señor había anunciado la oposición que sufren, y piden que
les ayude a seguir hablando con libertad (de nuevo la “parresía”).
Todos se llenan del Espíritu Santo “y hablaban la palabra de Dios
con libertad” (con “parresía”).
La muchedumbre
“tenía un corazón y un alma sola, y ninguno tenía por propia
cosa alguna, antes todo lo tenían en común” (Hch 4, 32). Sin
embargo, había quienes no actuaban así, sino que sólo disimulaban
ser fieles y generosos. Es el caso de Ananías y Safira, castigados
por Dios duramente por querer engañar a los demás.
Eso no impedía
que los apóstoles dejaran de predicar y que se agregaran “al Señor
cada día más creyentes, muchedumbre de hombre y mujeres” (Hch 5,
14). De nuevo el éxito de la evangelización irrita al sumo
sacerdote y los suyos. Encarcelaron a los apóstoles, pero esa misma
noche un ángel los libera y les exhorta a que continúen
predicando. Así lo hacen apenas amanece, pero otra vez los detienen
y amenazan. Pedro. en nombre de todos, aclara que han de obedecer a
Dios antes que a los hombres. Gamaliel interviene y les convence de
que si es cosa de Dios será inútil e injusto oponerse, y si no lo
es, ya se derrumbará todo por sí solo. Se dejan persuadir, pero
los azotan con treinta y nueve varazos, conminándoles a que no
sigan predicando. Pero los apóstoles se alegran de padecer por
Cristo, y no cesan de enseñar y anunciar a Jesús (Hch 5, 42).
“La palabra de Dios –dice San Lucas (Hch 6, 7)- fructificaba, y
se multilicaba grandemente el número de los discípulos en Jerusalén,
y numerosa muchedumbre de sacerdotes se sometía a la fe”.
I, 3: Primeras
discordias
Y junto a las
luces, se presentan las sombras. Una nueva causa de crisis se
produce. Esta vez tiene su origen no fuera de la Iglesia, sino
dentro de ella misma. Lo cual será mucho peor, como veremos más
adelante. Ahora se trata simplemente de un agravio comparitivo. En
efecto, las viudas indigentes que proceden del mundo griego,
denuncian que son peor tratadas que las que procenden de entre los
judíos. “Los Doce convocando al de los discípulos, dijeron: No
es razonable que nosotros abandonemos el ministerio de la palabra de
Dios para servir a las mesas” (Hch 6, 2). Atender a los
necesitados hay que hacerlo, pero lo harán siete “varones que
gocen de reputación, llenos de espíritu y de sabiduría”, a los
que encargan ese menester, “pues nosotros –dicen- debemos
atender a la oración y al ministerio de la palabra. Fue bien
recibida la propuesta por toda la muchedumbre...”
Este hecho
tiene más interés de lo que parece, por una parte se deja claro la
importancia capital que tiene la oración y la predicación, y por
otro lado constituye una prueba de la preocupación de la Iglesia
por los indigentes, hasta el punto de que -como dice Benedicto XVI-,
“la Iglesia ha sido consciente de que esta tarea ha tenido una
importancia constitutiva para ella desde sus comienzos... La Iglesia
–sigue diciendo el Papa- no puede descuidar el servicio de la
caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra”
(“Deus caritas est”, nn. 21 y 22). Siguen los nn.23-36, casi la
mitad de esta encíclica, con el tema de lo que se suele llamar hoy
la “pastoral social” y cuya importancia perentoria se destaca de
forma especial en nuestro tiempo. En la audiencia general del
1-X-2008, dice que sorprende que San Pablo “confiere a la colecta
en dinero un valor incluso de culto: por una parte es un gesto litúrgico
o “servicio”, ofrecido por cada comunidad a Dios, y por otro
lado es la acción de amor cumplida a favor del pueblo. Amor a los
pobres y liturgia divina van juntas, el amor a los pobres es
liturgia. Los dos horizontes están presentes en toda liturgia
celebrada y vivida en la Iglesia, que por su naturaleza se opone a
la separación entre el culto y la vida, entre la fe y las obras,
entre la oración y la caridad para con los hermanos”
Aquellos siete
primeros diáconos eran varones “llenos de espíritu y de sabiduría”
(Hch 6, 3). Lo que significa que el oficio que desempeñarían era
también espiritual, lo cual es primero y también esencial para la
Iglesia. De esa forma “la ‘diaconía’ -el servicio del amor al
prójimo ejercido comunitariamente y de modo orgánico- quedaba ya
instaurado en la estructura fundamental de la Iglesia” (“Deus
caritas est”, n. 21).
Estos siete diáconos,
se dedicaban también a la predicación, como en el caso de Esteban
a quien condenan a muerte. Entonces aparece por vez primera Saulo,
un fogoso joven fariseo que, custodiando los mantos de quienes
ejecutan a Esteban, contemplaba y aprobaba impávido y complacido la
sangrienta escena... El Protomártir muere contemplando el cielo
abierto y a Jesús en su gloria junto al Padre. “Puesto de
rodillas exclama: Señor no les tengas en cuenta este pecado. Y
diciendo esto, murió. Saulo aprobaba su muerte” (Hch 7, 60).
II
Conversión de Saulo de Tarso
II, 1: La
persecución aumenta
Nos refiere San
Lucas que la persecución arreciaba, de tal forma que los cristianos
se dispersan fuera de Jerusalén, por Judea y Samaría. Lo que era
una desgracia y un drama para muchos, al mismo tiempo fue causa de
la expansión apostólica de los cristianos, cuya profunda fe y sólida
esperanza les lleva a difundir el Evangelio. Como brasas del fuego
que Cristo vino a traer a la tierra, donde quiera que llegaban
encendían la llama de su fe y de su amor, difundían la paz y el
gozo que brota de la esperanza. En efecto, “los que se habían
dispersado iban de un lado a otro anunciando la palabra del
Evangelio.” (Hch 8, 4). Este hecho, sin embargo, aumentaba las
celotipias de los jerarcas de las comunidades judías. De hecho,
“Saulo devastaba a la Iglesia y entrando en las casas arrastraba a
hombre y mujeres y les hacía encarcelar”.·(Hch 8, 3).
Un poco después, aparece de nuevo, “respirando amenazas
de muerte contra los discípulos del Señor” (Hch 9, 1). Llevado
por su celo decide ir a Damasco, para apresar a los neocristianos de
aquella región. Pero cuando iba de camino, de pronto una luz
deslumbradora le hace perderl equilibrio y cae por tierra. Abatido y
desconcertado oye una voz: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
Él contestó: ¿Quién eres, Señor?. Y Él: Yo soy Jesús, a quien
tú persigues”. Fue un momento decisivo para su vida y, sobre
todo, para el conocimiento del Misterio de la Salvación. Por una
parte comprendería que la Iglesia equivalía al mismo Cristo, era
el mismo Señor a quien perseguía. Y por otro lado, supo que en la
Iglesia había unos hombres, encargados por el mismo Señor, a los
que debía acudir para recuperar la vista y, sobre todo, para saber
cómo seguir amando a Dios y sirviéndole con el mismo tesón y
entusiasmo.
Desde entonces su figura se agiganta y su afán misionero
es admirable, lo mismo que admirable era la profundidad de su
conocimiento de Cristo y su Iglesia. Ello, sin embargo, no le llevó
a creerse más que los demás apóstoles, o independiente de ellos.
El Papa dice que “El respeto y la veneración que San Pablo cultivó
siempre hacia los Doce no disminuyeron” (Audiencia gral.,
1-X-2008). En cuanto a su relación con San Pedro, siempre reconoció
y acató la supremacía de San Pedro, sin que se produjera una
contraposición entre él y el pescador de Galilea. Eso no ocurrió
y prueba de ello es que Saulo se preocupa de entrevistarse con
Pedro, para exponerle lo ocurrido y su modo de entender y predicar
el Evangelio, “para saber si corría o había corrido en vano”
(Ga 2, 2).
II, 2: Saulo reconoce la primacía de Pedro
Así, pues, por un lado Pablo defiende su condición de apóstol,
llamado directamente por Cristo, y por otro reconoce y acata la
autoridad de Pedro. Así refiere que va a Jerusalén a ver a Pedro,
recalcando que a ningún otro vio entonces, fuera de Santiago el
hermano del Señor, según refiere en Ga 1, 18-19. Al cabo de
catorce años y acompañado por Bernabé, Pablo vuelve a Jerusalén
para entrevistarse esta vez no sólo con Pedro, sino también con
Santiago y con Juan, considerados como “columnas de la Iglesia”
(Ga 2, 9).
En esta misma carta a los gálatas narra que hubo una ocasión
en que Pedro actuó de una forma inadecuada y Pablo le recriminó
“pues antes de venir algunos de los de Santiago, comía con los
gentiles; pero en cuanto aquellos llegaron, se retraía y apartaba
por miedo a los de la circuncisión” (Ga 2, 12). Era tal la presión
que el mismo Bernabé había cedido. Cuando llegó San Pablo y vio
lo que ocurría, según narra él mismo, le dijo a “Cefas delante
de todos... ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?” (Ga 2,
14). El Papa en la audiencia general antes citada trata este pasaje
y explica que aquella situación “era un peligro de malentendido
de la salvación universal en Cristo ofrecida tanto a los paganos
como a los judíos”.
Sin embargo, es
preciso aclarar que esa intervención de Pablo, en lugar de quitarle
autoridad a San Pedro, se la reconocía y afianzaba. En efecto, a
Bernabé no le dice nada y a Pedro sí, sencillamente porque lo
grave estaba en que quien era la cabeza de la Iglesia actuara de esa
forma. “Además de esto, -decía Ratzinger en su libro La Iglesia, Valencia 2005, p. 47-, la Carta a los Gálatas atestigua
que esa preeminencia subsiste incluso cuando el primero de los apóstoles
permanece en su comportamiento personal por debajo de su cometido
ministerial (Ga, 2, 1-14)”. Por tanto, Pablo reconoce a Pedro su
primacía. Por eso, además, le llama casi siempre Cefas, el nombre
que Jesús da a Simón el hijo de Jonás, vocablo arameo que
significa piedra, alusión clara a que sobre ese basamento pétreo,
a pesar de sus fallos, edificaba su Iglesia. También acepta la
autoridad singular de los demás apóstoles, como se manifiesta en
el llamado primer Concilio de Jerusalén. Allí acude con Bernabé y
se presenta “a los apóstoles y presbíteros de Jerusalén para
consultarlos…” (Hch 15, 2).
Una vez
convertido, Saulo inicia su vida de cristiano y predica a Cristo con
el mismo ardor con que lo había perseguido. En Damasco, al poco
tiempo de su conversión, acude a las sinagogas y predica que Jesús
es el Hijo de Dios. Se preguntan si no era el que perseguía con
ardor a los cristianos. “Pero Saulo cobraba cada día más fuerza
y confundía a los judíos de Damasco...” (Hch 9, 23). Esta
observación que hace el texto, nos da ocasión para aclarar que se
trataba de algunos judíos conversos de Damasco, como Ananías y
otros judíos ya eran cristianos. Este dato es más importante de lo
que parece, pues desmonta toda acusación de antisemitismo que se ha
hecho contra los cristianos. Entre otras cosas porque Jesús es judío
y judíos fueron los apóstoles. En cuanto a Pablo, cuando se gloría
contra quienes le atacan dice: “¿Son hebreos? También yo. ¿Son
israelitas? También yo. ¿Son descendencia de Abrahán? También
yo” (2 Co 11, 22).
Sin embargo, lo
cierto es que su actividad apostólica en Damasco irritaba cada vez
más a los judíos de aquella región. Tanto que decidieron matarle,
vigilando las puertas de la ciudad para que no escapara. Pero los
discípulos le ayudan a escapar por la noche, descolgándose
escondido en una espuerta por la muralla. De allí se fue a Jerusalén.
Cuando intenta
unirse a los demás cristianos, éstos huyen de él, sin creer en su
conversión. Bernabé, el levita que vendió su campo y entregó el
dinero a los apóstoles (Cfr. Hch 4, 37), interviene a favor de
Saulo, lo conduce a los apóstoles y refiere cómo ha predicado en
Damasco y, ante la oposición de los judíos, debió huir. Es
aceptado y unido a ellos predicaba con valor (“parresía”) el
nombre del Señor, en especial con los judíos helenistas que,
incapaces de rebatirle, deciden matarlo. “Pero sabiendo esto los
hermanos, le llevaron a Cesarea y de allí le enviaron a Tarso”
(Hch 9, 30).
II, 3: Pedro en
Cesarea del mar
De momento
Pablo desaparece en el relato de San Lucas, que nos narra el
apostolado de Pedro en Lida, Joppe (la actual Tel-Avib), donde tiene
la visión del mantel con toda clase de animales, algunos impuros.
Entonces oye una voz que
le ordena que coma de aquello. Pedro se niega y exclama que nunca ha
comido carne manchada o impura. “Lo que Dios ha purificado –dice
la voz-, no lo llames tú impuro” (Hch 10, 15). La visión
desaparece y Pedro piensa en su posible significado. Es entonces
cuando llegan los emisarios de Cornelio y Pedro les acompaña a
Cesarea del mar, donde ocurren los acontecimientos relativo a la
entrada de los paganos en la Iglesia sin necesidad de someterse a la
ley mosaica. Algo tan decisivo para el futuro de la Iglesia, y también
la causa de una de sus más graves crisis: Es decir, la admisión de
los gentiles a formar parte del Pueblo de Dios, si necesidad de
someterse a la circuncisión como prescribía la Ley.
Aquello era tan
grave, que los cristianos procedentes del judaísmo recriminan a
Pedro que haya entrado en casa de un pagano y comido en su mesa. Sólo
después del relato pormenorizado de lo ocurrido, “callaron y
glorificaron a Dios...” (Hch 11, 18). La expansión de la Iglesia
avanzó hacia el norte y llegó hasta Antioquía de Siria, la
tercera ciudad en importancia en el mundo de entonces, después de
Roma y Alejandría. Algunos cristianos procedente de Chipre y de
Cirene inician allí la evangelización con gran éxito. La noticia
llegó a Jerusalén desde donde enviaron a Bernabé para ver lo
ocurrido. Al comprobarlo se llena de alegría y decide ir a Tarso y
animar a Saulo para que venga. Entonces, durante un año estuvieron
predicando en la gran ciudad y sus alrededores, con tantas
conversiones “que en Antioquía comenzaron los discípulos a
llamarse cristianos” (Hch 11, 26). Esa designación no la
aceptaron muchos judíos que llamaron “nazareos” a los
seguidores del Jesús de Nazaret, nombre que ellos aceptan para no
reconocer que aquel “nazareno” es el Rey de los Judíos, el Hijo
de David, esto es, el Mesías, el Ungido de Dios. Tampoco aceptan
hablar de la Era cristiana a la que llama Era común. Así, por
ejemplo, para decir ante de Cristo (a. de C.), dicen antes de la Era
común. Como en inglés el adjetivo va antes que el sustantivo esos
judíos que no aceptan el mesianismo de Jesús ellos dicen, por
ejemplo, “after of Comun age” (a. of C.). Con lo cual las
abreviaturas tan usada en la Historia no hay que cambiarlas.
En
aquellos días –sigue el relato lucano-, bajaron algunos de
Jerusalén a Antioquía y vaticinaron que vendría una gran hambre
sobre toda la tierra. Aquella región siriaca era bastante próspera
y la gran ciudad gozaba de un buen nivel de vida. “Los discípulos
determinaron que cada uno, según sus posibilidades mandara una
ayuda a los hermanos que moraban en Judea. Lo hicieron a través de
Bernabé y Saulo” (Hch 11, 29-30). De nuevo aflora la preocupación
por los más necesitados, como parte integrante del trabajo apostólico
de Pablo. En Ga 2, 10, cuando habla de la reunión de todos para
tratar la cuestión de la obligatoriedad de la Torah o Ley de Moisés,
recuerda, que después de dar las normas a seguir para evitar roces
con los judaizantes, les rogaron que se acordaran de los pobres,
“cosa que yo, -dice el Apóstol-, procuré cumplir con mucha
solicitud”.
A
los fieles de Corinto les escribe que, como dispuso en las iglesias
de Galacia, “el día primero de la semana, cada uno ponga aparte
lo que bien le pareciere, de modo que no hagan la colecta cuando
vaya yo” (1 Co 16, 1-3). Y cuando llegue, sigue diciendo, aquellos
que hayáis elegido sean enviados a Jerusalén con vuestra aportación.
Vuelve al tema de la colecta en su segunda carta a los corintios, a
quienes elogia su generosidad y espontaneidad. Refiere cómo encargó
a Tito que llevara a término entre ellos aquella obra de
beneficencia. Insiste que no se trata de un precepto, sino de que
ellos mismos, animados por el ejemplo de los demás, demuestren la
sinceridad de su caridad (cfr. 2 Co 8, 15).
En
esta misma carta tenemos un amplio texto (2 Co 9, 1-15) donde habla
de la importancia de la limosna y de la bendición divina que
conlleva. Por una parte enseña que quien da escasamente, de la
misma forma, escasa será su cosecha. Y al contrario. Por otro lado,
explica que es preciso dar de buena gana y no a la fuerza, “porque
Dios ama al que da con alegría” (2 Co 9, 7). Como vemos esta
cuestión de la “koinonía”, la comunión de bienes o
solidaridad con los necesitados, es fundamental en medio de las
dificultades, en esa otra crisis material si queremos, pero que
afecta e incumbe aliviar también a la Iglesia. Más tarde, en el último
viaje del Apóstol a Jerusalén, lleva el resultado de la colecta
hecha en las comunidades griegas.
La
persecución arreciaba en Jerusalén y sus alrededores. Los
cristianos se ven obligados a huir. Herodes Agripa I encarcela a
Pedro con intención de sacrificarlo para escarmiento de los
cristianos. Pero es liberado por un ángel y se marcha desde Judea
hasta Cesarea del mar. El relato de Lucas se aparta del país de Jesús
y se recrea en la vida de las nuevas comunidades cristianas, en
especial en la de Antioquía de Pisidia. Es allí donde la vida de
la Iglesia se desarrollaba con excelentes perspectivas.
III:
Viajes de San Pablo
III,
1: Primer viaje
A
partir de ese momento la vida de San Pablo ocupa todas las páginas
del libro de los Hechos. También en ese periodo la Iglesia, por una
o por otra causa encuentra dificultades en su singladura, momentos
de profunda crisis. Pero ello no impide que la evangelización
continúe. “Mientras celebraban la liturgia en honor del Señor y
guardaban ayunos, dijo el Espíritu Santo: segregadme a Bernabé y a
Saulo para la obra que los llamo. Entonces después de orar y de
ayunar, les impusieron las manos y los despidieron”. Vale la pena
tener presente este texto para no olvidar que lo primero de todo es
acudir al Señor, suplicarle su luz y su fuerza para acertar en lo
que de ha de hacer, y tener el coraje y la fortaleza
precisa para hacerlo. El texto sigue diciendo que, enviados
por el Espíritu Santo. bajaron a Seleucia y de allí embarca
En el primer
viaje, Saulo y Bernabé parten de Antioquía y desembarcan la isla
de Chipre. Al llegar a Salamina predican la Palabra de Dios en las
sinagogas de los judíos. Este detalle, de predicar la Palabra de
Dios, también es digno de subrayar, es decir, la segunda parte del
Ministerio de la palabra, que realizado el de la oración, hay que
llevarlo a cabo con empeño y fidelidad. En esta ocasión aparece
una de las causas de crisis en la misión de la Iglesia, las
supersticiones. Ya en Samaría se encontraron los evangelizadores
con Simón el Mago que practicaba la magia, maravillando al pueblo
que le seguía embaucado con sus trucos (Cfr. Hch 8, 9-11). En Pafos
había también un mago, llamado Bar-Jesús. Al ver como Bernabé y
Pablo eran muy bien recibidos por el procónsul Sergio Paulo, con
quien le unió gran amistad, pues a partir de este encuentro el apóstol
comienza a llamarse Pablo en lugar de Saulo. Es posible que el
cambio se deba a razones pastorales pues ese nombre era romano
mientras que el de Saulo era hebreo. Como decíamos el mago Bar-Jesús,
envidioso del trato preferente del procónsul, interviene intrigando
contra Pablo y Bernabé. Pero Saulo se enfrentó con él y le dejó
ciego por algún tiempo. “Al verlo, creyó el procónsul,
maravillado de la doctrina del Señor” (Hch 13, 12).
De nuevo se
embarcan y al llegar a tierra firme en Perge, se trasladan a Antioquía
de Pisidia donde predican. Su éxito es causa de envidia para los
judíos de la zona. No podían permitir que la Torah fuera
sustituida por le Evangelio, el judaísmo por el cristianismo. Ya la
conversión de Cornelio y su familia,
provocó el escándalo en los mismos cristianos procedentes del judaísmo.
Entonces Pedro tuvo que referir con detalles lo ocurrido. La
intervención del Espíritu Santo se repite entre los gentiles, con
los mismos prodigios de Pentecostés. Y ante aquello, dice Pedro, no
podía negarles el bautismo. Entonces se calman, pero a lo largo del
relato lucano brotan de nuevo las dificultades, procedentes de
quienes no se resignaban a cambiar de mentalidad, ni admitían que
no se circuncidaran los
paganos.
Ante esa
actitud de rechazo y hostilidad, Bernabé y Paulo abandonan la
ciudad de Antioquía de Pisidia y se trasladan a Iconio. Primero
predican con toda libertad (“parresía”), pero de nuevo los judíos
les hostigan y han de huir otra vez. Se van a Licaonia, Listra y
Derbe. En Listra ante una curación milagrosa se admiran y
consideran que aquellos dos hombres eran dioses con apariencia
humana. Cuando consiguen convencerlos de que no era así, reaccionan
en contra de los apóstoles, que han de precipitar la vuelta del
primer viaje.
III, 2:
Concilio de Jerusalén
Al llegar a
Antioquía de Siria los misioneros cuentan como han evangelizado las
regiones visitadas. Luego continúan predicando en aquella zona.
Entonces llegaron algunos cristianos procedentes de la Iglesia de
Jerusalén, empeñados en proclamar que para entrar en el
cristianismo era necesario circuncidarse, oponiéndose a Pablo y
Bernabé que habían predicado lo contrario. Se produce “una
agitación y disputa no pequeña”, pues Pablo y Bernabé les hacen
frente (Hch 15, 2). Ante aquella situación, deciden ir a Jerusalén
para que los apóstoles decidan lo que se ha de hacer. Un dato que
revela el reconocimiento de una autoridad suprema en la Iglesia,
residente entonces en Jerusalén
Es importante
destacar cómo se reconoce y acata una jerarquía, cuya cabeza es
Pedro, que interviene al principio. Pablo y Bernabé hablan de su
experiencia con los gentiles convertidos, destacando como creen y
aman a Jesucristo. Santiago reconoce que los profetas vaticinaron
que Dios elegiría a los gentiles para formar el nuevo pueblo. Por
tanto no hay que inquietar a los gentiles, pues ya en casa de
Cornelio fueron bautizados los componentes de aquella familia
pagana. De todas formas le ruegan que, por consideración a los
judeocristianos, se abstengan de tomar la carne inmolada a los ídolos,
de la sangre, y de la fornicación, es decir de la uniones ilícitas
referidas en Lv 18. Según cuenta Pablo en Ga 2, 10 les encargaron
de que se acordaran de los fieles necesitados, lo cual lo tuvieron
muy en cuenta. Con estas noticias vuelven a Antioquía, zanjando de
esa manera una cuestión tan delicada. Ello no significa que más
tarde no se volviera a suscitar el problema.
III, 3: Segundo
viaje
El segundo
viaje de San Pablo se inicia con una desavenencia con Bernabé, que
desea que el joven Juan
Marcos les acompañe de nuevo, a pesar de que en el primer viaje se
volvió a mitad de camino. Pablo estima que no es conveniente y, al
no llegar a un acuerdo, decide marcharse con Silas como compañero.
Eso no implica una ruptura seria. De hecho, años después Pablo
muestra su estima por el joven Juan Marcos al que tiene como uno de
sus más cercanos y preciados colaboradores (cfr. Col 4, 3; 2 Tm 4,
11: Fil 24). Emprenden la marcha y visitan las comunidades
cristianas recién formadas. Al visitar Listra conoce a Timoteo,
hijo de una judía creyente casada y de padre griego. El Apóstol
considera que, dadas las condiciones del joven Timoteo su colaboración
les sería muy provechosa. Para evitar dificultades con los judíos
decide que Timoteo sea circuncidado, le sería de gran ayuda sus
servicios. Era algo contrario a lo que Pablo defendía, pero las
circunstancias aconsejaban cierta prudencia y tolerancia. Es cierto
que en Antioquía recriminó a Pedro que cediera para no enfrentarse
con los judaizantes. Sin embargo, las circunstancias eran diversas
y, sobre todo, Pedro era la cabeza de la Iglesia y su conducta tenía
que ser del todo correcta.
En este segundo
viaje visita Filipos donde tiene serios problemas que le llevan a la
cárcel. En el fondo era la dura realidad del paganismo que se
resiste a desaparecer. En medio de aquella penosa situación Pablo y
Silas oran y cantan alabando a Dios. Cuando son liberados
reemprenden el viaje y llegan a Tesalónica y acuden a la sinagoga
de los judíos, donde Pablo anuncia la salvación que nos viene de
Jesucristo. Muchos se hacen cristianos, entre ellos bastante mujeres
principales (cfr. 17, 4). Es curioso que se acuse al Apóstol de misógino
y, por el contrario, tenga como colaboradoras a tantas mujeres y las
nombre muy agradecido.
III, 4: Tsalónica
y Corinto
También en
Tesalónica llegan los judíos enemigos de Pablo. Sus insidias e
influencias alborotan a la gente. Ello les obliga a marcharse a
Atenas, donde aprovecha para hablar en el Areópago a los filósofos
de su tiempo, tanto epicúreos como estoicos que le escuchaban con
interés y curiosidad. Pero cuando Pablo anuncia la resurrección de
Cristo, le desprecian. Algunos, en cambio, le aceptaron, entre ellos
Dionisio el Areopaguita y una mujer llamada Dámaris.
Marcha a
Corinto donde conoce a Aquila y a su mujer Priscila. Como eran
tejedores de tiendas, como Pablo, le acogen en su casa y trabajaban
juntos. Los sábados acudía a la sinagoga donde, además de los judíos,
iban muchos prosélitos y temerosos de Dios, cercanos al judaísmo,
aunque los llamados temerosos de Dios no se circuncidaban como los
prosélitos. Entonces llegaron de Macedonia Silas y Timoteo, lo cual
le `permitió dedicarse del todo a la predicación de la Palabra,
testificando que Jesús era el Mesías. Los judíos le rechazan,
aunque algunos le aceptan y se convierten al cristianismo. Entre
ellos estaba toda la familia de Crispo, jefe de la sinagoga. También
muchos corintios creyeron y se bautizaron.
Por la noche el
Señor anima a Pablo a que siga predicando allí, donde muchos se
convirtieron, formando una de las comunidades más importantes y
queridas por Pablo, que les dedica dos importantes cartas. Allí
estuvo un año y medio. Hasta que los judíos enemigos se levantaron
contra él acusándole de perturbar a la muchedumbre y aconsejar
violar la Ley. Galión, el procónsul de Acaya, desestima su acusación
por ser algo meramente religioso. Entonces los judíos toman la
justicia por su mano y apalean al jefe de la sinagoga. Pablo con
Priscila y Aquila huyó hacia Siria. Desembarca en Éfeso y, fiel a
su costumbre, va a la sinagoga. Aunque sabe lo que le puede ocurrir
el Apóstol pensaba que en la sinagoga había también judíos de
buena voluntad y, sobre todo, solían acudir muchos gentiles
cercanos al judaísmo y, por tanto, predispuestos a entender el
Evangelio y aceptar el mesianismo de Jesús. De hecho, en esta gran
ciudad, los mismos judíos le reciben bien y le ruegan que se quede
mas tiempo. Pero Pablo se marchó y, desembarcando en Cesarea, subió
a Jerusalén y luego bajó a Antioquía.
III, 5: Tercer
viaje
Allí permaneció
algún tiempo, pero pronto llevado por su celo apostólico inició
el tercer viaje. Esta vez lo hace por tierra y visita las iglesias
de Galacia y de Frigia, confirmando en la fe a los hermanos. En Éfeso
encuentra a unos seguidores del Bautista a los que les habla del Espíritu
Santo y se integran en la Iglesia. Luego vuelve a visitar la
sinagoga y durante tres meses predica, hasta que algunos comenzaron
a oponerse y a maldecir el camino del Señor. Dejó la sinagoga y
predicó en la escuela de Tirano. En Éfeso estuvo unos tres años y
el nombre de Jesús era cada vez mas conocido y venerado, así como
iban desapareciendo los magos y las artes mágicas. No obstante, los
plateros de la ciudad ven cómo su negocio disminuía pues el culto
idolátrico de la diosa Artemisa decaía. Demetrio, uno de los
plateros los convoca y deciden soliviantar a la gente contra Pablo a
quien acusa de que ir contra la gran Artemisa, “a quien toda el
Asia y el orbe veneran”. El pueblo se llena de indignación. Por
fin las autoridades consiguen calmar al pueblo. No obstante en
cuanto cesó el alboroto, Pablo decide volver a Jerusalé, con el
propósito de embarcar luego para Roma. Lo que no imaginaba es que
iría a Roma pero como prisionero.
III, 6: El
retorno. Tróade y Mileto
El retorno
final del tercer viaje se demora. Pasa por Macedonia y visita
algunas comunidades, como la de Filipos y Tróade. En esta ciudad se
detuvo siete días. Celebra la Eucaristía el primer día de la
semana, es decir, el domingo. Su predicación se alargó hasta la
media noche. Un joven llamado Eutico, sentado en una ventana se
durmió y cayó desde un tercer piso y quedó muerto. Pero Pablo le
abrazó y consoló a los presentes diciendo que su alma estaba en él.
Subió a la sala de la celebración y continuó su plática hasta el
amanecer. Le trajeron al joven Eutico vivo y todos se llenaron de
consuelo (cfr. Hch 20, 12).
Continúan el
viaje de regreso y hacen escala en Mileto desde donde llama a los
presbíteros de la región, a quienes les dirige unas palabras
llenas de emoción y de cariño, al mismo tiempo que les abre su
corazón con el deseo de estimularlos en su tarea pastoral. Comienza
hablado de los principios de su evangelización, de las dificultades
que tuvo que superar debido a las asechanzas de los judíos que le
perseguían. Pero ello no le frenó en su afán de predicarles y
enseñarles en público y en privado, dando testimonio de Jesucristo
a judíos y griegos.
Les dice que no
les volverá a ver, pues presiente que su viaje a Jerusalén le
acarreará grandes males, pero eso no le importa y está dispuesto a
entregar su vida y culminar el ministerio recibido de Jesús (cfr.
Hch 20, 24). “Mirad –les dice- por vosotros y por el rebaño
sobre el cual el Espíritu Santo os ha constituido obispos para
apacentar a la Iglesia de Dios, que El adquirió con su sangre”
(Hch 20, 28). Les advierte que después de marcharse aparecerán
lobos rapaces que engañarán a muchos. Por tanto hay que vigilar y
acordarse de sus exhortaciones. No he codiciado oro ni plata
o vestido de nadie –les dice también- y como ha trabajado
para no ser gravosos a nadie. En todo les ha dado ejemplo, sigue
diciendo, y os ruego que socorráis a los necesitados, recordando
que el Señor dijo: “Hay más dicha en dar que en recibir!”
(Hch. 20, 35). Dicho esto se puso de rodillas con otros y oró.
Conviene subrayar la dimensión de culto a Dios y, al mismo tiempo,
el ejercicio de la “koinonía”, de la generosidad a la hora de
ser solidarios con los que lo necesitan.
Reinician su
viaje hacia el Sur, navegando hasta desembarcar en Tiro. Allí
encuentran discípulos, de los cuales algunos aconsejan a Pablo que
no vaya a Jerusalén por el peligro que corre. Pero Pablo se despide
de ellos que en la playa, donde todos se ponen de rodillas y rezan
juntos (Hch 21, 5). Luego llega a Cesarea donde se queda por algún
tiempo. Entonces llegó de Judea un profeta, llamado Agabo que,
estando todos reunidos, tomó el cinto de Pablo. Se ató con él de
pies y manos, diciendo que así atarían los judíos al dueño de
aquel cinto. Todo aconsejaron a Pablo que no fuera a Jerusalén.
Pero él, acongojado les dice que no quebranten su corazón, pues
está dispuesto no sólo a que lo aten, sino también a morir en
Jerusalén por el nombre de Jesús (cfr. Hch 21, 12-13).
Cuando llega a
Jerusalén los hermanos le reciben con alegría y escuchan las
maravillas que Dios había realizado entre los gentiles por su
ministerio. Al mismo tiempo le advierten del peligro que corre pues
algunos han difundido que Pablo enseña a renunciar de la Ley de
Moisés. Para demostrar que no es así, aconsejan al Apóstol que
participe en el voto del nazireato que algunos han hecho. Así, al
pagar los gastos para que se rasuren la cabeza, verán que no es
cierto que Pablo no cumpla la Ley. Pero antes de que se cumpliera el
tiempo del voto, algunos judíos lo reconocen en el Templo, y
piensan que ha introducido a un incircunciso en el lugar sagrado. La
multitud se indigna y arrastraron a Pablo para matarlo. Los soldados
romanos intervienen y logran arrancarlo de las manos de la multitud.
De todas formas le hacen preso y le llevan ante el Sanedrín. Pablo
consigue dividir a sus jueces declarando que por su fe en la
resurrección está preso. Los saduceos presente le condenan pues no
creían e la resurrección. Los fariseos, por el contrario, le
defienden pues también ellos creen en la resurrección. Se originó
un gran tumulto y los soldados se llevan a Pablo y lo meten en la cárcel.
De todas maneras Pablo sigue en prisión por bastante tiempo y para
librarse de sus enemigos se ve obligado apelar al César, causa por
la que Pablo hace su cuarto viaje.
IV
Conclusión
Después de
este recorrido por los principales hitos de la vida de San Pablo en
los difíciles principios de la Iglesia, señalamos algunos aspectos
a modo de conclusión. De una forma o de otra, las dificultades que
originan las crisis en la Iglesia nunca han faltado, ni faltarán.
Ya Jesús les anuncia que el mundo les odiará como le odia a él
(cfr. Jn 15, 18-25). Serán expulsados de la sinagoga por su causa y
llevados a los tribunles. De entre todas las causas de la crisis en
la primitiva Iglesia destaca las desavenencias originadas entre los
que se aferra a la Ley de Moisés y los que entienden que Jesús les
ha librado de su yugo. Es cierto que Jesús dijo en el Sermón de la
Montaña que no había venido a derogar la ley sino a darle
cumplimiento, pero a continuación proclama diversas antítesis
introducidas con la frase “habéis oído que se dijo a los
antiguos, pero yo os digo...”. En cada una de esas antítesis se
confirma lo indicado por la Ley pero al mismo tiempo se profundiza
en su significado, se eleva su exigencia y se sublima su contenido.
En efecto, se dijo no matarás, pero el Señor añade que además
hay que respetar al prójimo, al que no se le puede insultar en modo
alguno. En el caso de sexto mandamiento se mantiene el mandato de no
fornicar, pero se dice que un mal deseo en el corazón ya conculca
el mandato divino. En cuanto a la circuncisión se reconoce su valor
hasta la llegada de Cristo, pero se deroga su obligación pues la
nueva moral va más allá del mero rito, y lo que justifica al
hombre no son las obras de la Ley, sino la fe en Cristo. De todas
formas las crisis provenientes de los que están dentro de la
Iglesia son las más duras y dolorosas. De alguna forma lo señalaba
Pablo VI cuando dijo que el humo de Satanás había entrado en la
Iglesia.
Otra de las
causas que originaron dificultades y momentos críticos eran las
artes mágicas y las supersticiones, la idolatría con sus múltiples
dioses. También aquí las costumbres de siglos siguieron
entorpeciendo la evangelización. Los conflictos se originaban de
continuo, pues la vida social estaba entretejida por antiguas y
tradicionales creencias. De otra forma, pero hoy es una realidad que
cuando falta la fe aparece la superstición y la superchería.
No obstante
aquellas crisis se fueron superando por la fe firme y profunda de
los primeros evangelizadores. Por la firme esperanza que les hacía
vivir seguros, persuadidos que la victoria final está asegurada por
Dios. Por último hubo, hay y habrá en la Iglesia un arma
definitiva y siempre eficaz, la del amor que ha sido difundido en
nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Ese
amor que se llama “agápe” en griego, caritas en latín, y
caridad en español, amor que es humano y sobre todo divino. En le
caso de San Pablo vemos cómo en primer lugar, después de ser
admitido en la Iglesia, se retiró al desierto, una especie de
personal retiro espiritual. Luego se entrevista con Pedro en Jerusalén,
para comprobar si lo que predicaba era conforme con el Evangelio. Años
más tarde vuelve a Jerusalén y expuso, “especialmente a los que
gozaban de autoridad, el Evangelio que predico a los gentiles, no
fuera que hubiese corrido en vano” (Ga 2, 2). Una vez reconocida válida
su predicación, y sin dejar la oración, seguirá
predicando con libertad, audacia y tesón (con “parresía”);
al mismo tiempo que tiene muy presente la pobreza de los más
necesitados...
Como
síntesis, termino con un texto de Rm 12, 9-13, por su gran densidad
e interés pastoral, sobre todo en tiempos de crisis: “Que vuestro
amor no sea fingido; aborreciendo lo malo, apegáos a lo bueno.
Amaos cordialmente unos a otros; que cada cual estime a los otros más
que a sí mismo; en la actividad, no seáis negligentes; en el espíritu,
manteneos fervorosos, sirviendo constantemente al Señor. Que la
esperanza os tenga alegres; manteneos firmes en la tribulación, sed
asiduos en la oración; compartid las necesidades de los santos;
practicad la hospitalidad”.
Antonio
García-Moreno
|
“Curriculum
vitae”
Antonio García-Moreno es Canónigo Lectoral de la
Archidiócesis de Mérida-Badajoz. Licenciado en Derecho
Civil por la Universidad de Sevilla, doctor en Teología bíblica
por la Pontificia Universidad Gregoriana y licenciado en
Ciencias Bíblicas por el Pontificio Instituto Bíblico de
Roma. Desde hace casi cuarenta años imparte clases en el
Seminario Metropolitano de Mérida-Badajoz, y desde el curso
1971-1972 en la Facultad de Teología de la Universidad de
Navarra. Ha colaborado en la Gran Enciclopedia Rialp y en la
Biblia de Navarra, donde en un principio, allá por los años
setenta, participó especialmente en el Evangelio de San
Juan. Esta circunstancia le condujo a trabajar de modo
particular en este campo. No obstante, fuera de los estudios
joánicos ha publicado su tesis doctoral en teología, El
sentido del dolor en Job, según Juan de Pineda;
sobre teología del Nuevo Testamento tiene el libro Pueblo, Iglesia y Reino de Dios y la participación en de la traducción y comentario de la Biblia le
impulsó a publicar La
Neovulgata. Precedentes y actualidad.
Sobre San Juan ha publicado El
cuarto Evangelio. Aspectos teológicos (traducido al
italiano por Ediciones Dehonianas de Bolonia); El
Evangelio de San Juan, reeditado con algunas mejoras y
con el título de Introducción al Misterio. Evangelio de San Juan; El Hijo del trueno,
sencilla y breve biografía sobre el Discípulo amado
y, por último, Jesús
el Nazareno, el Rey de los judíos. Estudios de Cristología
joánica. En el campo homilético ha colaborado con el
Secretariado Nacional de Liturgia en la colección Comentarios Bíblicos. Años después, publicó una obra de más de
mil páginas, en tres volúmenes, uno por cada ciclo del año
litúrgico, titulada Al
filo de tu palabra, Señor. Oración del domingo. Una
segunda edición aparece en un sólo volumen, añadiendo
comentarios a los leccionarios de las fiestas de España.
Con el título Tu
palabra me da vida, publica un volumen con los
comentarios litúrgicos aparecidos en la Revista
“Palabra”. Finalmente prologa y actualiza las notas de La
vida de Nuestro Señor Jesucristo de C.P.Fillion
publicada por Rialp en el año del Gran Jubileo. Pertenece a
la Asociación Bíblica Española y es miembro de la
Studiorum Novi Testamenti Societas, asociación bíblica
interconfesional e internacional de reconocido prestigio. |
|
|