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DOMINGO XXIII - AÑO ORDINARIO

CICLO C

5 de Septiembre de 2010

 

 

 

 

Sap 13, 9-18.

Fil vv  9-17.

Lc 14, 25-33.

 

El pasaje evangélico que hemos escuchado hoy es tan exigente y claro que hasta nos puede asustar.

Las primeras palabras que hemos oído de Jesús en el evangelio suenan así: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre y a su mujer y sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.” La expresión es extremadamente fuerte, pero nos hace entender cómo debe ser nuestra entrega a la doctrina de Jesús. Debemos creer en Jesús, y amarle y entregarle nuestra vida, totalmente, incondicionalmente. Dios es el primero. Lo dijo Jesús en otra ocasión: “Cualquiera que cumpla la voluntad de mi Padre que está en los cielos es mi hermano y mi hermana y mi madre.” No debemos temer. Siguiendo a Jesús, podemos amar más a los nuestros.

A continuación Jesús nos presenta una comparación. La del hombre que quiere construir una casa, pero primero se sienta a hacer cálculos para ver si tiene suficiente dinero para terminarla. No quiere que sus vecinos se burlasen de él diciendo: Mirad un hombre que empezó a construir y no acabó.

Cristo reclama un compromiso serio, una decisión permanente y definitiva. Lo expresó gráficamente cuando dijo: “Aquel que pone la mano en el arado y vuelve la vista hacia atrás, no es digno de mí.” Hoy en día no están de moda los compromisos para toda una vida. Hasta el compromiso del matrimonio o del sacerdocio o de la vida religiosa se toman a manera de ensayo. Sin embargo en el fondo de nuestro corazón, buscamos algo permanente que nos salve de la inseguridad en que vivimos. Por eso Jesús quiere el compromiso de toda nuestra vida. Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre.

Otra comparación es la del rey que va a la guerra contra otro rey y calcula con cuántos soldados podrían vencer. Si ve que sus tropas son inferiores en número, envía entonces un embajador para hacer la paz.

El significado es claro. Ser discípulo de Jesús, no es nada fácil. Jesús no quiere discípulos que le sigan hasta la entrada triunfal en Jerusalén, sino hasta el calvario. Dicho en otras palabras: Jesús no quiere cristianos de solo procesión, de romerías, de sólo misa dominical o misa de sacramentos o funerales, sino cristianos comprometidos con la totalidad del evangelio. Y eso no es nada fácil. Hay que ser cristianos por convicción. Un cristiano a medias es peor que un no cristiano.

Si hubiera que resumir en pocas palabras el contenido del mensaje evangélico de hoy, habría que hacerlo con las mismas palabras de Jesús al final: “Lo mismo vosotros, el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”.

Jesús pide mucho, pero al mismo tiempo Jesús da mucho. Él es nuestra fortaleza, Él es el pan de vida para poder recorrer el camino en su seguimiento. No podemos tener miedo.

Cristino

 

 

 

 

 

 

 

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