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DOMINGO II DE CUARESMA - CICLO C

 

 

Gen 15, 5-12.17-18.

Flp 3, 17-4,1

Lc 9, 28b-36.

 

Comentario:

 

En la primera lectura, Dios se muestra a Abraán  y le promete que su descendencia será tan numerosa como las estrellas del cielo. Aunque entonces Abraán era de edad avanzada y no tenía hijos, creyó en la palabra de Dios. Esto le fue muy grato al Señor y, en premio hizo alianza con él y prometió darle aquella tierra para su descendencia.

En la segunda lectura, san Pablo nos recuerda que “somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos al Salvador y Señor Jesucristo, que transformará nuestro cuerpo humilde en cuerpo glorioso”.

El Evangelio nos presenta la misma idea de gloria que esperamos y que Jesús nos mostró en su transfiguración.

Dice el Evangelio que Jesús sube al monte Tabor, con Pedro, Santiago y Juan. Se transforma: Sus vestidos resplandecientes y blancos como la nieve, su rostro brillante como el sol. El espectáculo es tan sublime y agradable, que Pedro no cabe de gozo, y exclama: “Qué bien se está aquí, Señor”. Los cubrió una nube y se oyó una voz que dijo: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”.

El domingo pasado, hermanos, el primero de Cuaresma, nos presentaba el desierto en donde Cristo hizo penitencias y estuvo sujeto a tentaciones. Es que es necesario estar a solas con Dios para examinar nuestras actitudes, nuestros comportamientos (los actos inmorales, las críticas que hacemos, las faltas a los sacramentos y en los deberes para con Dios, que son muchas veces rutinarios).

Hay que arrepentirse de ellos. Tenemos que convertirnos. La tentación está siempre acechando para hacernos caer. Y tenemos que defendernos apoyándonos en la oración y en la mortificación, como el enfermo se apoya en las muletas para andar. El ayuno y la abstinencia, las limosnas y otros actos de sacrificios que hemos de ofrecer a Dios y fortalecer así nuestro espíritu.

Y para que no decaigamos en esta lucha constante, como un balón que se desinfla, y no rehusemos ese dolor que santifica nuestras almas. Para que no nos desanimemos ante las olas desafiantes que nos alucinan con el confort, con la política, sexo, lujo... que pretenden zarandearnos como a la barca de Pedro. Para que demos testimonio de la doctrina de Cristo, aunque tengamos que ir, como el Señor, por caminos de espinas e incomprensiones... nos presenta la Iglesia en este domingo segundo de Cuaresma a Cristo transfigurado.

Jesús quiso abrir ante sus apóstoles, y a nosotros, un resquicio de cielo para poner en nuestras mentes un rayo de luz, en nuestros corazones una gota de bálsamo, en nuestra alma una fuente de energías sobrenaturales. Eso es el pensamiento del cielo.

El cielo no es una metáfora poética, una imagen infantil, una palabra sin sentido, una alienación. El cielo es una realidad clavada, asegurada, en la eternidad: “Venid, benditos de mi Padre, dice Cristo, tomad posesión del Reino, preparado para vosotros desde la creación del mundo”. Es un estado de felicidad, que según dice san Pablo, “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman”.

Por eso, cuando durante nuestra vida parezca que todas las puertas se nos cierran y veamos un horizonte oscuro... cuando personas orgullosas y sin escrúpulos nos pongan obstáculos para que tropecemos en la vida... pensemos en Dios, pensemos en el cielo, en donde tendremos los supremos honores eternamente.

Cuando la enfermedad hiera nuestras carnes o la muerte nos arrebate a los seres queridos... pensemos con esperanza en esa felicidad eterna... como la mujer espera a su marido, como el trabajador espera el descanso, como el estudiante espera las vacaciones.

Nos esforzamos por tener una casa en donde vivir cómodamente, por tener unos ahorros que nos permitan una vida satisfecha... y todo lo tenemos que dejar en esta tierra. Esforcémonos en adquirir méritos para conseguir ese cielo en donde no llegan los ladrones ni roe la polilla.

Por eso, los buenos cristianos piensan con frecuencia en ese final, en el cielo. Los cristianos fervorosos trabajan con ahínco para ir a él. Los santos suspiran por el cielo. Santa Teresa decía:

Esta cárcel y estos hierros

en que el alma está metida,

solo esperar la salida

me cuesta un dolor tan fiero

que muero porque no muero.

Todos debemos animarnos a perseverar en el bien, ante esta consideración que hoy nos ofrece el Evangelio.

Cristino

 

 

 

 

 

 

 

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