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DOMINGO XXI DEL AÑO ORDINARIO
Ciclo A.
24 de Agosto de 2008.
Is
22, 19-23.
Rom
11, 33-36.
Mt
16, 13-20.
La primera lectura es un elogio a quien sabe gobernar bien
dentro del pueblo de Dios.
En la Segunda lectura, el profeta canta la profundidad de la riqueza,
de la sabiduría y de la ciencia de Dios.
En el Evangelio quiere Cristo oír de sus discípulos la opinión
que tienen de Él.
Comienza
este evangelio con una encuesta. Jesús pregunta a sus discípulos sobre las
opiniones que han oído a la gente respecto de Él.
Pero
esta pregunta es solo el paso para la gran pregunta definitiva: ¿Y
vosotros, quien decís que soy yo?
Ellos,
los Apóstoles y discípulos, han sido oyentes del Sermón de la Montaña,
han recibido las lecciones sobre las condiciones para entrar en el Reino que
El predica, han escuchado las parábolas que clarifican la naturaleza de
este mismo Reino, han sido los testigos de los milagros y signos que
acreditan la persona de Jesús como Mesías y Salvador. Y saben también que
el Reino de Dios está ya implantándose tal como lo anunciaron los
Profetas.
Ahora,
Jesús les invita a dar el paso definitivo hacia la fe sobrenatural en su
persona. Ellos, los Apóstoles y discípulos, no pueden quedarse en una
admiración natural de su sabiduría y poder. O en un entusiasmo de
misionismo temporal nacionalista, a lo que están acostumbradas las
multitudes. O en creer que es un antiguo profeta que se ha reencarnado.
Es
necesario ya dar el primer paso hacia la fe sobrenatural. Y es san Pedro
quien, en nombre de todos los apóstoles, movido por el Espíritu Santo, da
este paso hacia la fe sobrenatural en Cristo, como Mesías-Salvador. Y lo
expresa así: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".
Esta
es la primera síntesis del Credo de los Apóstoles, de nuestro Credo. No es
una confesión en verdades religiosas abstractas, como aceptación de
verdades dogmáticas, sino que es una confesión de adhesión a la perdona
de Cristo, Mesías e Hijo de Dios, puesta para los hombres en el único
Salvador.
Sobre
esta fe, como roca firme, se construirá todo el edificio de la Iglesia.
Pedro y sus sucesores quedarán constituidos en protectores de la auténtica
fe que salva. Serán los que abrirán las puertas del Reino de los cielos.
Tendrán las llaves.
Nosotros
leemos este Evangelio en medio de un mundo que continúa preguntándose quién
es Jesús de Nazaret. Y unos responden que Jesús es el arquetipo de toda la
humanidad. Otros dicen que es un superhombre o un “superestar”. Otros
afirman que es un idealista.
Solo
una minoría le confiesa Mesías e Hijo de Dios. Son mayoría los que
profesan otras creencias o han aumentado la masa de los que no creen ya prácticamente
en nada, no creyentes prácticos o teóricos.
Y
esto nos ha de doler a los creyentes, pero ello no basta. A los creyentes
hoy, en un mundo de incredulidad, se nos pide más que nunca, una adhesión
personal a Cristo y el testimonio de esta fe con toda la vida.
No
basta unas repuestas aprendidas en el Catecismo o una práctica religiosa
conformista y sociológica. Ya no existe un clima cristiano como en otros
tiempos de cristiandad, si es que ésta ha sido una realidad en la historia
de la Iglesia.
En
nuestro tiempo, nuestra fe ha de ser una profesión mucho más personal,
mucho más madura, para que pueda afrontar la marea de la incredulidad.
Por
no madurar personalmente la fe en Cristo Salvador, muchos cristianos
tradicionales son arrastrados por la corriente de la indiferencia.
Hagamos madurar nosotros cada día esta nuestra fe,
la fe también de los Apóstoles.
Cristino
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