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EL CANÓNIGO D. MANUEL

Mari me llamó por teléfono diciéndome que su tío Manuel no le contestaba, que nada sabía de él. Llamaba desde un bonito pueblo de Colonización, cerca de la ciudad de Badajoz.

-“Yo intentaré averiguar qué es lo que ocurre,” le dije.

Manuel llevaba varios años con una crisis depresiva. Cuando se medicinaba, parecía un volcán en erupción, hablaba eufórico sin descansar. Hablaba en los supermercados con las personas que estaban escogiendo sus compras. Conversaba con quien se encontraba en la calle. Comentaba las decisiones de la jerarquía de la Iglesia sin contemplaciones. Hablaba de todo y enlazaba cosas verídicas con imaginaciones suyas. Decía, por ejemplo, que el día que le invitó a comer el Jefe del Estado Español, en Madrid, le comunicó unos secretos que tenía que tenerlos él presentes para resolver algunas cuestiones. Contaba que estuvo de espía en los Pirineos y consiguió averiguar muchas cosas para las autoridades. Hablaba de fechas concretas, de Autoridades con quien se entrevistaba y era tal la mezcla de verdades de fechas y nombres con sus de fantasías que parecía  verdad. Tenía un ingenio especial.

Se prestaba generoso hasta lo inconcebible. Un día invitó a Pablo al Casino de los señores en la Ciudad. A pesar de la resistencia negativa, le espetó:

- “¿Es que tú tampoco me aprecias? Yo estoy agradecido y tengo la obligación de invitar a los amigos.”

Entraron en el Casino, dio dos fuertes palmadas y rápidamente se presentaron tres camareros, de chaqueta blanca.

- “Traed un plato grande con calamares y otros pescados, cervezas y dos puros, que quiero invitar a mi amigo.”

Pablo levantó la cabeza, miró fijamente a los camareros y les hizo señas para que sirvieran solamente una Coca-Cola, pues no tenía apetencia en ese momento. Nos enteramos después que había ido al Seminario Diocesano y había regalado 200.000  pesetas.

Cuando tuvimos certeza de que había hecho este obsequio, junto con otros detalles a distintas personas, le manifestamos nuestra extrañeza y nos contestó que le había tocado en la lotería varios millones.

 Nos enteramos que no era cierto lo del premio en la lotería, que era solamente fruto de su imaginación para ofrecer felicidad. Le devolvieron los regalos que había hecho.

A veces vestía con una gabardina blanca o con sotana llena de suciedad, con sombrero y unas zapatillas rotas o descalzo.

- “Pero Manuel ¿ cómo sales así?”

- “Calla, decía llevándose el dedo índice de la mano diestra a los labios, que hoy vengo de detective para averiguar ciertos asuntos.”

Si no tomaba los medicamentos que el médico le había recetado, se abatía y era triste verlo. Andaba por las calles, con una parsimonia melancólica, hasta acercarse a la Catedral. Pero lo más frecuente era el estar en la cama. Se pasaba días enteros acostado.

En este año de 2004, por el mes de marzo, tuvo una gran crisis. Le veíamos abatido, sin entablar conversación con nadie. Vivía solo. Se encerraba en su desordenado piso. Se le aconsejó que marchara a su pueblo natal, Guadalupe, en donde tiene casa, la heredada de sus padres. en la que también vivía su hermano casado. Ahí estaría bien cuidado. Efectivamente, el día 19 de Marzo marchó a Guadalupe. Pablo fue a verlo varias veces y siempre estaba tendido en la cama. Le insistía en que se levantase y  diera  un paseo.  Ponía todo su esfuerzo en convencerle de que le vendría muy bien su salud. Que el pueblo, con su gran Monasterio, estaba bien cuidado y la campiña era muy hermosa.

Nunca logró que se levantara. Siempre decía que en cuando saliera de la cama se daría un golpe, caería al suelo y no volvería a ponerse en pié.

Creyó encontrarse mejor, o quizás cansado de estar en su Guadalupe, y decidió ir a Badajoz para vivir en su piso. Era el día 19 de Julio. Daba paseos por la ciudad y se quedaba extasiado contemplando las nuevas fuentes que se habían construido en las plazuelas.

El día 22, a la hora de la cena, no contestaba al teléfono. Por ese motivo, su sobrina Mari estaba preocupada.

Pablo le llamó repetidas veces, pero el teléfono seguía sonando, sin conseguir contestación. Salió, cruzó la calle. Acudió a los vecinos. Se encontró con Luis, que le conocía mucho. Y con él conversaba alguna vez.

-“Esta tarde le he visto paseando como todos los días, pero ahora le vi caminando hacia  su piso demasiado lento y más decaído que otras veces.”

Pabló se preocupó. ¿Habría comido? ¿Habría tenido algún altercado con alguien y estaba malhumorado? ¿Le había ocurrido algo a este hombre corpulento, que parecía nada podía contra él?

Telefoneó a la sobrina:

- “Mari, ven mañana temprano, abre la puerta del piso en la forma que puedas y cerciórate qué ocurre.”

 Al abrir la puerta le vio tendido en el suelo con una tumefacción en la frente y sangre en el suelo. Estaba muerto. Inmediatamente se llamó al médico. El certificado dice que había sido un paro cardíaco. Vino la ambulancia y lo trasladaron al Hospital Infante Cristina.

Al día siguiente se le hacía un funeral, presidido por el Sr. Arzobispo, en la Catedral Metropolitana de Badajoz. Después lo trasladarían al cementerio de Guadalupe, no sin antes entrar en la Iglesia del Monasterio.

Manuel era D. Manuel Muñiz Cárdenas. Corpulento de contextura, ojos grades, de mente preclara.

Estudió unos años en el Seminario de Toledo. Después se trasladó al Seminario Diocesano de Badajoz y ahí terminó la carrera sacerdotal. De espíritu inquieto en su juventud. Al terminar la carrera, marchó a la Universidad de Navarra y allí hizo la licenciatura en derecho canónico y en derecho civil. El Obispo don José María Alcaraz y Alenda lo nombró párroco de Higuera de la Serena el 1 de Enero de 1955 en donde permaneció hasta el 1 de Octubre de 1974.

Veinte años ejerciendo labor sacerdotal. Visitaba enfermos, daba catequesis, confesaba, tenía frecuentes reuniones  con la juventud, animaba a todos al cumplimiento del deber para con Dios y para con los semejantes. Organizó un taller de costura con la maquinaria necesaria con el fin de que las jóvenes tuvieran trabajo. A veces daba clases para preparar a quien quería tener estudios superiores. Y predicaba. Sus palabras eran tan sentidas y con tanta elegancia que muchos esperaban que llegara el domingo y las especiales misas de difuntos o casamientos para oírle predicar. Muy exigente en el cumplimiento del deber, según los cánones de la Iglesia, y eso a ciertas personas no le agradaba, siendo por ello criticado.

Vivía solo. Él realizaba las compras para su  normal vivir y los enseres necesarios para la sustentación. Se hacía las comidas. La soledad la acarreaba las dificultades evidentes. Esa soledad del sacerdote de la que tanto se habla y que se supera gracias a la formación espiritual.

Un día comentaba el Sr. Obispo que sería conveniente mudarle  a otro destino, pero tenía dificultades ante las críticas que oía de su manera de trabajar.

Pablo estaba acostumbrado ya, por experiencia, a esas críticas malévolas que enturbian el ambiente y hacen daño a las personas. Por eso, se atrevió a decir:

-  “Sr. Obispo ¿ Por qué no va usted a verlo?”

Parecía que aquella insinuación había caído en un mar sin fronteras. Pero no fue así. Un día que visitaba Castuera, dijo al conductor del coche:

- “Llévame a Higuera de la Serena, que dista pocos kilómetros y tenemos tiempo.”

Salieron carretera adelante y al llegar al pueblo, preguntó por el Sr. Cura.

- “Estará en la Iglesia”, dijo una señora que llevaba a un niño cogido de la mano.

Efectivamente, al pasar por la espaciosa plaza, vieron que la Iglesia estaba abierta.

Entraron. Un grupo numeroso de niños y niñas estaban atentos mirando al sacerdote, que les hablaba. Don Manuel vio entrar al Sr. Obispo e inmediatamente fue a su encuentro para saludarle.

- “Es la hora de la Catequesis de niños y estoy explicando la forma de confesar. ¿Desea algo?”

- “Venía a verte, dijo Su Excelencia.”

Despidió a los pequeños y marcharon a la casa. Allí estuvieron largo rato. No sabemos de qué hablarían, pero salían los dos muy animados hablando de las costumbres del pueblo.

Al regreso a Badajoz, comentaba impresionado el Obispo:

- “Tendré que venir otra vez.”

No había pasado un mes, cuando el Obispo dijo que se había suprimido una reunión en Madrid, y aprovecharía el día para volver a este pueblo.

También en esta ocasión lo encontró en la Iglesia, hablando a un grupo de jóvenes. La extrañeza de D. Manuel era manifiesta en sus gestos.

- “Quiero comer contigo, dijo el Obispo.”

            Pasaron toda la tarde juntos. Al anochecer, cuando volvía a Badajoz, no ocultaba las alabanzas hacia D. Manuel. Había comprobado la manera humilde de vivir, cómo sacó del frigorífico unos trozos de carne, los puso a la lumbre, sacó pan, hizo una sopas  y comieron. Advirtió las dificultades de la soledad de este sacerdote, de cómo hacía su labor sacerdotal, que a pesar de llevar tantos años así, nunca había pedido un traslado mejor. Comprobó su capacidad intelectual.

Tan agradable fue la impresión que se llevó de él Su Excelencia, que, a los pocos días, recibía una carta proponiéndole que se viniera a Badajoz para el cargo de Canciller del Obispado y Administrador del Seminario Diocesano. Era el mes de Septiembre de 1974. Hizo oposiciones a canónigo y fue nombrado doctoral de la Santa Iglesia Catedral.

Sus nuevos cargos los ejerció con dignidad y presteza hasta que llegó el nuevo Obispo en mayo de 1980, el cual cambió los cargos de la Curia Diocesana, según se acostumbraba.

Este cambio no fue capaz de asimilarlo. Y a partir de ese momento, comenzó a sufrir una depresión, de la que no supo librarse, a pesar de los cuidados médicos, las atenciones del Obispo y de sus compañeros sacerdotes, y de manera especial las de Pablo.

Que descanse en paz este buen sacerdote y amigo de todos.

Cristino Portalo Tena.